mano bebe y adultoConfieso que el mundo de las emociones es un tema que me atrapa y que me ha enseñado que los adultos tampoco lo tenemos tan claro como creemos.

¿Somos capaces de reconocer y expresar lo que sentimos? ¿Tenemos la costumbre de explicarle al otro cómo nos sentimos para que comprenda nuestra falta de atención, de presencia, etc.?

Pues si los adultos lo tenemos difícil, resulta más complicado aún exigirle a los niños -que están aprendiendo a hablar con gestos y/o palabras-, que puedan expresarnos lo que sienten cuando lloran o se empacan. Nosotros como padres debemos hacer un ejercicio de sinceridad con nosotros mismos y reconocer cuánto hablamos sobre nuesto sentir y cuantas veces le explicamos a nuestros hijos por qué reaccionamos así o asá.

Como en todo, deberíamos empezar a mirarnos a nosotros mismos y a poner en palabras nuestras emociones. Aunque no sepamos por qué estamos tristes, enfadados, felices, decepcionados, simplemente decir cómo uno se siente para brindar información que al otro le puede servir de mucho. A veces, al escucharnos a nosotros mismos podemos ser más autocompasivos y comprender el origen de una emoción encontrada. Pero aún si esto no sucede, por el simple hecho de hablar de cómo uno se siente produce una sensación de liberación o descarga. Y el cuerpo, la mente y el corazón lo agradecerán.

Con los niños pasa algo así. Lloran porque algo no les ha gustado: porque tienen sueño, hambre, están tristes, quieren brazos o teta, o quieren salir de casa o bien quedarse en ella. O tal vez no estén llorando pero sí malhumorados, o protesten o hagan berrinches ante cualquier negativa. Aquí lo que encuentro más importante es la presencia y compañía de un adulto que logre “ponerse en lugar” del niño y ayudarlo a poner palabras a lo que siente. Demostrarle que lo comprendemos, que respetamos que se sienta así pero que ahora no se puede o que no es el momento o que podemos jugar o hacer otra cosa.

Es importante permitirle al niño que se exprese, que llore si lo desea y mientras, si se deja, abrazarle o acariciarle. A veces somos los adultos quienes no toleramos que lloren y pensamos que con distraerlos o diciendo “no pasa nada”, el niño se calmará. Pero resulta que sí ha pasado algo que ha sido relevante para la criatura y si negamos que haya sucedido, el niño se debatirá entre su sensación interna y lo que dijo mamá o papá.

Ayudarlos a escucharse a sí mismos, explicarles cómo nos sentimos los adultos y hacer que se sientan acompañados, comprendidos pero sobretodo respetados es la base para este tema. Pero cada etapa del niño (como la del adulto) tendrá su particularidad.

Lo que más nos va a ayudar a sobrellevarlo será nuestra actitud. Que nosotros como adultos empecemos a mirar dentro nuestro y a descubrir cuánto hay que no nos animamos a ver y a decir.

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