Así me dijo la matrona que me asistió en el parto cuando tenía a mi hija recién nacida en brazos. Y yo la miré, miré a mi hija y ahí supe bien qué hacer: no hacerle caso.

Lo mismo me pasó con el primer pediatra al que llevé a Amanda con tan solo 10 días. Sin dejarnos hablar, inició la consulta diciéndonos todo lo que él sabía sobre cuidados, crianza y sobre psicología (aunque carecía de dicho título). Me preguntó cada cuanto le daba la teta y ante mi respuesta “a demanda” me dijo: “Mal, mal, mal, muy mal. La teta cada 3 horas, y 15 minutos en cada pecho. Después vienen los padres colgándose de la puerta porque no pueden dormir.” Y aunque yo le expliqué que mi hija mamaba muy lentamente porque no tenía mucha fuerza y por eso no podía medirlo en minutos, él insistió con que siguiera las reglas. Pero al pesarla y darse cuenta que en 10 días había superado ampliamente el peso con el que nació, se tuvo que tragar sus palabras, aunque siguió sin darme la razón.

Al salir de la consulta, miré a mi marido y le dije “a este pediatra, no volvemos más”. Aunque estaba a la vuelta de casa, no quiero tener un pediatra que no nos escuche, que no mire a mi hija, que no se interese por ella más allá de lo que digan los libros que él leyó. Y nuevamente desobedecí e hice lo que sentía y seguí los pasos de la crianza con apego: dar el pecho cuando la criatura lo requiriese.

Recuerdo también haber recibido el consejo de una enfermera de hacerle un “pinchacito” a mi hija cuando empezaba con la alimentación complementaria. A mi hija que pesaba 9kg a los 6 meses, que lactaba a demanda y que no comía carne porque sus padres son vegetarianos y no querían darle carne.

Entonces consulté con un médico naturista que nos tranquilizó y nos felicitó por todo lo que estábamos haciendo y me dijo: “Mientras le des teta, no me importa sino come, porque la teta le da todo lo que necesita.”

Hoy mi hija tiene 18 meses. Le gusta comer cuando tiene hambre, cuando el plato del día le apetece y cuando no, no come. Cuando su cuerpo no le pide, decide no comer. Y yo aprendo a respetarla porque confío en su sabiduría. Confío en que ella sabe más que yo escucharse a sí misma y respetarse, y sé que es pasajero, que no estará en ayuno un mes entero sino algún día o varios y que tiene la teta cuando quiera.

Escribo para encontrarme desde el relato con otras madres que han pasado experiencias parecidas y que se han animado a desobedecer, a curiosear, a defender a sus hijos y escucharlos por encima de la opinión de algunos que se creen que existen únicas reglas para todos por igual, como si los niños fueran todos iguales o vivieran todos lo mismo según la edad, el peso, etc.

Quiero invitar a esas madres que cuando algo les hace “ruido” o no les cierra en la cabeza o más bien, en el corazón, buscan, se informan, preguntan y dan con las respuestas que más tranquilizan su alma. Y a las que no se animan, también las invito a dar el paso, pues nadie mejor que una mamá para saber lo que su hijo necesita.

 

lactancia a demanda, crianza con apego

 

 

 

 

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