El domingo fuimos con el Jardín Rodante de visita a una escuela de educación libre. Hace tiempo que queríamos ir a conocerlos y la realidad es que superó todas las expectativas que teníamos. No sólo nos gustó, sino que nos dejó a todos los padres con una revolución en nuestras cabezas y en nuestro interior.

Tuvimos la oportunidad de conocer su espacio y que nos brindaran tiempo de escucha y también consejos. Situados en las afueras de la ciudad, un grupo de familias montaron en un terreno, un lugar para que sus hijos disfruten, exploren la naturaleza, jueguen libremente y que les permita expandir sus mentes y sus corazones. Detrás de este proyecto educativo hay un compromiso explícito de los padres a reunirse semanalmente para ponerse al día, debatir sobre lo que ha estado pasando entre los niños, ver qué aspectos hay por mejorar o cambiar y “revisarse” ellos mismos, pues no hay duda de que el comportamiento de los niños es un trasluz de la relación con su familia. Se trata de un compromiso diario, de estar dispuestos a sincerarnos con nosotros mismos y  ser capaces (o no) de cambiar para mejorar el entorno, y en consecuencia, el vínculo con nuestros hijos.

Parece evidente, pero sé que no todos los padres  son conscientes del poder de sus palabras y sus actos sobre los niños. Pero el debate que más nos metió de lleno es la forma de crianza (si se le puede decir así ya que nos dejaron claro que no les gusta categorizarse). “Dejar que cada niñ@ explore y descubra por sí mismo los objetos. Respetar sus tiempos de aprendizaje sin intervenir para condicionar su interés o la forma de aprehender el mundo.” Y con estas palabras se abrió un portal en mí que estaba sin cerradura, queriendo que alguien por fin empujara la puerta hacia afuera.

La miro a mi hija jugar en silencio. Estoy a su lado en compañía y la miro jugar con los bloques. Me doy cuenta que le cuesta apilarlos pero me contengo y no le explico ni lo hago por ella. Simplemente la dejo que siga intentándolo y así se pasa un rato largo entretenida, aunque de vez en cuando me mira esperando alguna mueca, alguna palabra de aprobación o desaprobación. Entonces me doy cuenta que tengo que trabajar más sobre mí misma y respetar los tiempos de juego y de aprendizaje de mi hija y evitar los festejos cuando hace algo que a mí me gusta. Me doy cuenta que no hay una manera correcta o incorrecta de jugar, y lo mismo sucede con el aprendizaje.

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Y por supuesto todo esto me lleva a plantearme (aunque un poco adelantado, lo sé) el tipo de educación que quiero para mi hija. Me cuesta imaginar qué responderé cuando me diga: “No me gustan las matemáticas…¿para qué sirven?” sin caer en frases típicas de “todo sirve en esta vida”. Porque el problema radica en la necesidad del sistema de introducir conocimientos en los niños a determinadas edades, sin respetar su individualidad o su interés, enseñándoles  a anular sus verdaderos deseos de aprender, de conocer, porque el mundo les resulte algo tan fascinante que valga la pena intentarlo.

Creo que me he alejado un poco de lo que quería trasmitir, pero siento que el camino para una nueva educación va por ahí. Respetar al niño, sus tiempos, su modo de capturar la vida a través del juego, darle alas para que vuele y cuerda para cuando quiera volver, pues la experiencia de ellos es estar aquí en la tierra.

Otra de las cuestiones que surgían era si este tipo de educación los aísla del mundo que llamamos “real” (el ordinario, vamos). Y la respuesta es: si le damos a estos nuevos seres la posibilidad de que crezcan sabiendo escucharse a sí mismos, reconociendo en su interior lo que les gusta o simplemente dejando que desplieguen su sabiduría interior como pimpollos en flor, entonces estarán más que listos para enfrentar la vida, pues muchos de los problemas que tenemos hoy los adultos se basan en que no sabemos, no podemos o no queremos escuchar nuestra voz interior.

(…) el problema radica en la necesidad del sistema de introducir conocimientos en los niños a determinadas edades, sin respetar su individualidad o su interés, enseñándoles a anular sus verdaderos deseos de aprender, de conocer, porque el mundo les resulte algo tan fascinante que valga la pena intentarlo.

La educación libre no es una opción, es un camino que se recorre con consciencia, amor, entrega y respeto. Cada paso es un nuevo conocimiento, y cuando decidimos recorrerlo se vuelve imposible dar marcha atrás. Lo mismo ocurre cuando abrimos los ojos, por más que queramos cerrarlos, ya hemos visto y eso ya forma parte de nuestra visión. Sueño con que algún día este tipo de educación sea para todos los niños por igual. Por lo pronto haré lo propio para darle a mi hija un espacio donde su tiempo, su elección y sus deseos sean respetados.

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