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Una mirada de una madre que hoy elige volver a ser una niña.  (por Sonia Z.)

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Cuando el tiempo apremia nos damos prisa para vestirnos, desayunar, caminar, tomar el autobús y llegar puntual a destino. Corremos porque estamos pensando en lo que vendrá y las consecuencias de llegar tarde. Y mientras corremos no nos damos cuenta que todo se queda a medio camino: el desayuno no termina de bajar, la cabeza que ya se acelera pensando en lo que uno tiene que hacer y dejamos de mirar cómo nuestros hijos juegan y disfrutan del paseo con mamá o papá.

tiempo de los niños

Los adultos tenemos tanta prisa que incluso cuando nadie nos espera o nos presiona, también tenemos prisa. Llevo un tiempo observando y escuchando las prisas de los padres en el parque para que sus hijos se tiren por el tobogán, o que suban la escalera, o que se apuren con el caballo de muelles que se ha desocupado el columpio. Aún cuando la condición en el parque es la de jugar y olvidarse del tiempo, los padres seguimos estando apurados.

Lo triste de vivir con prisa no es sólo la imposibilidad de disfrutar del presente porque siempre estamos pensando en “llegar a algún lugar” (a casa para comer, al colegio para estudiar, etc.), sino que interrumpimos constantemente el tiempo de juego de nuestros hijos y no permitimos que sean ellos mismos.

“¡Venga, tírate!” le dice una abuela a su nieta mientras la peque que tendría menos de dos años está aprendiendo a encajar su cuerpecito en el tobogán. “Sube…¡mira que eres lento!”, le dice una tutora a un niño de 20 meses que se mueve con dificultad mientras lo arrastra de un brazo (aunque ninguno de los niños que estaban detrás, le hayan empujado o se hayan adelantado). “¡Deja que pasen! ¡Venga!” le dice el padre que cree que su niño está interrumpiendo el paso. Déjenme decirles que así como he observado a los padres, también he observado a los niños. Y sepan que estoy hablando de bebés/niños que van de 11 meses a 4 años. Si ya les metemos prisa con esas edades, ¡imagínense dentro de unos años! Aunque probablemente dentro de unos años ya no nos hará falta apurar a  nuestros hijos porque ellos ya tendrán ese factor incorporado, y querrán todo ya, o lo que es peor, habrán olvidado lo que es “respetar el tiempo de uno”. Saben de qué hablo, ¿no?

Todos nacemos con un tempo, una armonía para hacer las cosas y para ser en la vida. Respetar ese tempo, es escuchar el ritmo de nuestro pulso, conectar con nuestra naturaleza interior y respetar ese espacio que es sólo nuestro; donde no hay más tiempo que el propio, el que cada ser necesita para habitarse a sí mismo. Cuando respetamos nuestro tempo, respetamos el tiempo que necesitamos para aprender, para reflexionar, para asimilar lo que sentimos, para expresarnos, y para respetar nuestros silencios.

respetar el tiempo de los niños

El tiempo de cada persona es único, valioso y respetable. No hay un tiempo mejor que el otro. Los niños no viven apurados. Viven el presente intensamente. Tan intensamente como pocos adultos pueden hacerlo. Necesitamos pagar a terapeutas o asistir a clases de yoga para tener un “tiempo para nosotros” cuando los niños se toman todo el tiempo del mundo para jugar. A mi peque le gusta observar a los demás niños. Puede pasarse media hora mirando cómo juegan otros niños sin decir una palabra. Y se queda donde está (sea en la base del tobogán o a pasos del columpio). La miro, le doy su tiempo, y disfruto de ese instante en que el reloj parece no avanzar y la mente no hablar y simplemente la observo en silencio. Respetar su tiempo me ha servido para reencontrar el mío. Descubrir que no quiero vivir una vida apurada, con nudos en el estómago porque se me hace tarde o porque estoy presionando a mi hija para que se de prisa. He comenzado por despertarme más temprano para tener tiempo para jugar con Ami. Lo que no puedo hacer hoy, lo haré mañana. No pretendo tener una casa siempre limpia y ordenada, prefiero usar ese tiempo para mí o para mi familia. Muchas veces también me pasa que no reacciono en el momento ante un comentario de otro que no me ha gustado. Pero no me enfado y me doy mi tiempo para reflexionar y conectarme con lo que he sentido. Ya no me presiono porque no hay nadie más que yo misma para decidir sobre mis tiempos y cómo quiero organizarlos.

tiempo de juego del niño

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