Llevo días de cambios, de nuevos desafíos en mi vida y mi ausencia por este espacio es una manera de respetar mis silencios, para poder escuchar mi voz interior. La historia que narraré hoy me tiene de protagonista y siento que es el día y el lugar para compartirla. Espero que disfruten este día de milagros y deseo de corazón que puedan encontrar en su interior la fuerza necesaria para salir adelante ante las dificultades de la vida.

Hace unos años, para estas fechas, decidí irme de viaje con una amiga a Quequén, un pueblo costero de la ciudad de Buenos Aires frecuentado por surfistas y adoradores de la vida tranquila en playas casi desérticas. Viajé poco convencida, pues estaba atravesando un momento de crisis emocional y de muchos cambios a nivel laboral y personal. Tras un pequeño accidente de coche, había pasado dos meses en rehabilitación por causa de un latigazo que me producía mareos, pánico a viajar en cualquier transporte, y mucha angustia. Toda esta situación se complicaba aún más con problemas laborales que acrecentaban mis contracturas. En una de las últimas visitas al médico, le pregunté al doctor si podía irme de viaje y para mi sorpresa no sólo me autorizó sino que casi me lo ordenó. Me dijo que me haría muy bien desconectarme y relajarme.

Así fuimos mi amiga y yo. Ella es surfista. Yo no, pero había conseguido prestadas una tabla de bodyboard y unas patas de rana que me motivaron a  sumarme al plan de “navegar” las olas. Mi amiga me hablaba de las mareas y de su relación con el calendario lunar. Intentó explicarme algunas técnicas y sobretodo, darme consejos sobre cómo manejarme en esas playas. Ella sabía diferenciar el movimiento de las mareas, los tipos de olas, y me dio consejos para surfearlas y demás. Yo la escuché animada pero la verdad es que no tenía miedo. Creía que iba a ser fácil  y divertido y que ella le ponía demasiada seriedad al asunto.

pascua de resurrección

Nos metimos juntas aunque se me dificultaba mucho coordinar los movimientos de la tabla con los de las patas de rana. Una vez estable, recuerdo que todo sucedió muy de prisa, pues el mar no entiende de tiempos para aprendices. De estar una al lado de la otra yo terminé apartada y casi donde no había surfistas. No tenía miedo, creía que se me daría bien y que sería muy divertido. Dejé pasar alguna ola hasta que vi una tan grande que no pude pasarla y dejé que me impulsara. Bueno, o esa era mi intención porque lo que hizo fue clavarme en punta la tabla. Me sumergió completamente hasta que recordé que debía coger la soga que la ataba a mi pie para subir, y cuando estaba haciendo esto, otra ola me arrasó y se llevó la tabla. “Bueno -pensé- ahora tendré que nadar”.  Me impulsaba hacia arriba y cada vez que lograba llegar a la superficie, otra ola me arrasaba y me sumergía aún más. Recuerdo estar girando dentro del agua, envuelta en las olas sin saber bien hacia donde nadar. Cuando pasaba una ola cogía fuerza y volvía a intentarlo para salir arriba. Cuando logré pillarle el truco, miré a mi alrededor y descubrí que estaba sola. A mi alrededor no había nadie a quien pedir ayuda, y aunque veía la orilla e incluso al guardavidas, nadie parecía verme. Me empezaba a faltar el aire y mis piernas comenzaban a cansarse. Me di cuenta que debía gritar por ayuda. Entre ola y ola me sumergía para salir a coger aire y al mismo tiempo pedir auxilio. Agitaba mis brazos en todas las direcciones pero parecía invisible. Sabía que nadie me había visto y el miedo ya me estaba ganando la confianza. Tragaba más agua que aire podía respirar. Cansada de agitarme y luchar un pensamiento vino a mí:

“Bueno Sonia, ya está. Llegó tu momento. No puedes seguir luchando. Lo único que puedes hacer es dejarte llevar, que las mismas olas te impulsarán hacia la orilla.”

No sé bien por qué tuve ese pensamiento dado que si lo hubiera pensado en frío sabría que lo más probable era que el mar me tragara, pero yo confiaba en que no sucedería así. Mi cuerpo se aflojó. Dejé de luchar contra las olas. Salía a la superficie sólo para coger aire para poder aguantar más tiempo debajo del agua mientras dejaba que el mar me llevara, sin resistirme, tan floja que no sentía ya miedo.

Luego de un par de intentos, con la punta extendida de la pata de rana de mi pie derecho, toqué fondo. A partir de ahí, sentí que esa era la señal para volver a coger energía y nadar. Nadé con cansancio, dolor y casi sin aire. Mientras nadaba, dejaba que las olas me impulsaran hacia fuera y me dejaba ayudar por ellas. Ya cuando pude hacer pie, salí caminando de espaldas a la orilla porque las patas de rana no me permitían hacerlo de otro modo. Mis piernas me temblaban pero no paraba de caminar. Miré a mi alrededor y parecía un fantasma pues nadie me había visto, nadie había visto nada y yo ¡casi me muero!

Se me quebraron las piernas y me senté en la orilla a respirar, a jadear, a mirar, a temblar. No comprendí lo que había pasado hasta el día siguiente que me acerqué al mar y le agradecí profundamente por haberme dado “la lección de mi vida”: cuando dejé de resistirme al devenir, cuando por fin me entregué a lo que tenía que pasarme, el mar me devolvió a la vida y yo no puedo más que sentir la inmensidad del Universo sobre mi pequeña vida. 

Ésta, amigos, es la historia de uno de los tantos días que volví a nacer. Porque vuelvo a nacer cada día que sonrío, que vivo la vida con intensidad, siguiendo los deseos de mi corazón. Sólo que ese día era un domingo de pascuas y quedó grabado a fuego en mi ser.

 

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