El otro día oí decir a una madre amiga que los niños no saben lo que quieren. Al oír esas palabras una chispa saltó en mi interior. ¿Saben los niños lo que quieren? ¿Somos los padres los que sabemos lo que los niños quieren y/o necesitan mejor que ellos? 

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Preguntas que vienen a mí con impulso y con sólo una certeza: “Los niños son auténticos”. ¿Qué significa esta autenticidad? Qué no dirán que sí con facilidad a algo que no les apetece, y que tal vez les cueste expresarse, pero si estamos atentos a sus manifestaciones podemos leer sus expresiones faciales y corporales al momento de tener que hacer algo que no les gusta.

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El nacimiento de nuestros hijos trae momentos de felicidad inigualables pero también conlleva nuevos caminos, nuevas formas de ver la vida y de mirarnos a nosotros mismos.

¿En qué momento de nuestras vidas perdimos esa autenticidad? 

¿Qué nos llevó a dejar de escuchar nuestros verdaderos deseos y a hacer cosas y/o tomar decisiones en contra del deseo más profundo de nuestro corazón?

Pasados los dos primeros años después del nacimiento, los niños comienzan a reclamar su espacio y también los adultos nos encontramos con la posibilidad de reencontrarnos, no sólo como pareja sino también, con nosotros mismos. Por eso, esta etapa que atravieso me propone nuevas preguntas y me lleva a mirarme a mí misma como no lo había hecho antes. Ser madre y ser mujer a la vez me ha abierto un camino nuevo: el del respeto por mí misma por encima de todo. Y con esto quiero decir: re-aprender a escucharme, reconocer mis verdaderos deseos y re-aprender a manifestarlos. Esto que la sociedad mal conoce como “egoísmo” no es más que un acto de amor verdadero hacia nosotros mismos porque sólo amándome a mí misma puedo amar a todo lo que me rodea. Esta es la autenticidad que en la sociedad se juzga como egoísmo y se intenta machacar. Sólo hasta que podamos crecer en un ambiente donde se respeten nuestros deseos y emociones -y nosotros seamos los primeros en la labor-, podremos desarrollarnos como lo que realmente somos.

Les regalo algunas de las reflexiones y conclusiones a las que he llegado poniendo en práctica el “egoísmo consciente”: entendido como la toma de decisiones en mi vida siendo coherente con lo que siento y deseo en cada momento.

amor propio egoísmo consciente

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