La maternidad me ha reconciliado con los fluidos. Sobretodo los corporales. Babas, leche, caca, pis…son parte de traer una bebé al mundo. Parece que la maternidad te expone a todo lo que no tenías contacto antes, sea porque estaba ahí y no le hacías caso, o porque al verlo en tu hija te parece que todo es hermoso y que su caca huele a flores de la pradera.

 

Tener una hija nos ha ayudado a mi pareja y a mí a naturalizar los fluidos y la fisiología de nuestros cuerpos, a amarla en el otro y en nosotros mismos. Parece algo vano pero sinceramente creo, al ver a mi hija, que lo mejor que puedo regalarle es que ame todo lo que viene de su cuerpo.

Gracias a este cambio en nuestra manera de pensar, ya hace más de 1 año que utilizo la copa menstrual. Confieso que al principio no quería que mi hija la viera y que me preguntara, pero una amiga me animó a hacerlo y ahora, cuando tengo la menstruación y mi hija me acompaña al baño -como la mayoría de las veces-, le explico que me sacaré la copa y que utilizaremos la sangre para regar las plantas de la casa. Al principio no le convenció la idea, pero cuando las niñas ven que para ti es natural y algo positivo, comienzan a demostrar interés.

Esta experiencia me ha permitido dejar de ocultar a mi hija el conocimiento de algo tan preciado como la única sangre que sale del cuerpo sin tratarse de una herida. La copa me ha acercado a mi cuerpo, al conocimiento de mí misma y a dejar de ocultarnos como si la menstruación fuera algo que hubiera que esconder, tapar con tampones, perfumar con compresas, anular con pastillas….nos han enseñado a esconder lo que somos y así, hemos perdido el conocimiento de nuestros ciclos, de la relación de cada etapa del ciclo femenino con los cambios emocionales y a escuchar nuestras necesidades en cada momento.

Fluir mujer

Yendo un poco más lejos, el parto y los pujos fueron para mí otro aprendizaje. A pesar de haber hecho un curso de preparación al parto de manera consciente en el que me explicaron que no debía hacer fuerza con el cuerpo, sino más bien, ayudar con la respiración, en la clínica me lo pusieron sencillo: “Haz fuerza.” Y sí, eso hice y caro lo pagó mi cuerpo. Varias fisuras anales y hemorroides que me valieron una operación inocua, cambios en la alimentación, terapia, años de tratamientos varios. Hice y hago de todo por estar bien. A veces pienso que debe haber algo más profundo que no logro alcanzar, pero otras veces me doy cuenta que la respuesta está más cerca de lo que uno piensa.

-“¿Haces fuerza cuando haces caca?– me pregunta mi fisioterapeuta.

Si, claro, como siempre.- Respondo yo

No debes hacer fuerza. La caca debe salir de tu cuerpo sin forzarla. Eso te hace daño.”

¿Por qué les cuento toda esta intimidad? Porque así me enseñaron a hacer mis necesidades cuando chiquita: “¡Haz fuerza!” me decía mi mamá y fruncía el entrecejo. Y yo forzaba, y forcé cada vez que iba al baño y forcé cuando di a luz y seguí forzando mi cuerpo hasta que mi cuerpo me dijo: “¡Basta! no puedo aguantarlo más!” y mi alma asintió aliviada. Nos forzamos a nosotras mismas, aguantamos el dolor porque hay que salir adelante, porque es lo que nos han enseñado, porque “Hay que aguantársela”.

Mi presente ha cambiado. Hoy elijo fluir con mis fluidos, con mis emociones, con mi sangre y mi cuerpo. Dejar atrás lo conocido para lanzarme al re-conocimiento de mí misma y de mi cuerpo. Seguir explorándome para sacar de mí todo lo que soy, sin presiones, sin ocultarme, fluyendo…

Fluido puerperio

 

Arte: Christian Schloe

 

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